Vine de muy lejos, más allá del sol y las vías de tren. Acudí al canto embrujado de las noches
de Murcia, de la Semana Santa de Lorca, de Los Caballos del vino, las máscaras de Águilas. 
Me prometió paseos eternos por las arenas de Calblanque, perderme en el pasado de Cartagena,
el Valle del Ricote. El cante jondo de carburo y salitre de las minas, el castillo de Aledo, 
las encañizadas del Mar Menor. Y así, frente al Coliseo Romano, la catedral de Murcia, el Palacio
de Guevara, descubrí, paparajote a paparajote, lo que los murcianos más amaban.
Andrés R. Sanz
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