No encontraba las palabras adecuadas para comenzar su novela; el folio en blanco reposaba en la mesa
de trabajo esperando paciente, sin prisa.
Sus ojos miraban más allá de la ventana sin ver nada, su mente parecía haber abandonado el cuerpo.
Poco a poco sus ojos se posaron en la joven que pasaba por el camino. Jamás vio mujer tan bella.
Se levantó, tomó su chaqueta, sombrero, cartera y, dejándolo todo como estaba, marchó tras ella.
Veinte años han pasado desde aquella mañana sin que volviera a pisar la casa.
Al entrar de nuevo en la estancia donde todo empezó, volvió a pensar en ella y en la primera vez que
la vio.
El folio continuaba en su mesa, amarillento, ajado y lleno de polvo, aguardando a que la tinta 
comenzase a plasmar de emociones toda esa espera de años de ausencia.
Simón Larra
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