Su conciencia no podría soportarlo pero, aun así, se dejó llevar por los sentidos, que esa noche 
dominaban a la razón. Mientras todos dormían, su olfato de carnívoro lo arrastró por los pasillos,
arrastrándolo hasta la estancia que estimulaba su pituitaria, incapaz de sustraerse al olor del 
manjar rojizo. Así que lo probó. Sólo fue un mordisco, pero el sabor caliente de la sangre despertó
su instinto depredador. Acabó con todas a dentelladas, con una ferocidad primitiva, sin calibrar las
consecuencias de sus actos. 
Arrepentido, volvió a la cama, torturándose por su detestable crimen. Esta vez, la abuela no le 
perdonaría haberse zampado las morcillas de la matanza. 
Quiyo
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