Cayó en la cuenta de que la escopeta se había atascado. Ante la necesidad de trabajar, cualquier 
oficio era bueno…, y no era cuestión de dar mala imagen en estos difíciles tiempos tras la guerra.
-¡Qué pasa Palazón, coño!
-… No lo sé señor… Se ha atascado –dijo intentando pedir perdón con la mirada…, tal vez suplicando 
que se lo tragara la tierra.
-¡No me jodas cojones!¡Hace frío y me quiero comer los paparajotes calientes!
Milagrosamente, el gatillo había cedido. El suspiro de alivio contrastaba con la tensión del momento. 
Un día más, una ejecución bautizaba el día.
Emilio del Carmelo Tomás Loba
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