Con brío y alegría cabalgaba Don Quijote portando en las alforjas de Rocinante tiernas hojas de limonero, verdosas, escogidas con devoción. Jamás había probado tan exquisito dulce como aquel paparajote que su fiel Sancho le llevó tras su encuentro con el morisco Ricote, en las bellas tierras de Murcia, allá por el pueblo de Ojós.
—Esta será la ocasión de conquistar a mi amada Dulcinea. Al llegar a Toboso le prepararé este exquisito manjar que endulzará su corazón. Gracias fiel escudero por descubrirme la receta que el morisco te narró.
—No corra tanto mi señor que mi Rucio se cansó.
Rafael Hortal Navarro

 

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